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martes, 2 de septiembre de 2014

Madrugada

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Ya termina esto. Falta poco. Apenas unas cuantas palabras, dos carillas. Sin embargo hoy no estoy capacitada para acabarlo. Lo dejo en suspenso; dando vueltas como un planeta, una peonza, un recuerdo, un sueño recurrente. Colgado del cansancio, del deseo perdido, de la apatía engañosa. Me doy un margen de tiempo inexistente para pensar, tal vez para sentir o tomar una decisión, por ejemplo. Apago la luz. Es noche tardía, calor, verano y entre las sombras aúllan mil perros.

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sábado, 30 de agosto de 2014

Cruce de miradas

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Algo suave se mueve
se desliza por los rincones
enciende.


Y parece que no pasara nada...

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lunes, 17 de marzo de 2014

Esperando

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¡Qué triste, amigos! Hemos llegado a la misma estación desesperanzada de toda la vida. Nos hemos vuelto a quedar sin amigos con quienes jugar. ¡Qué tristeza! Cuando parece que las cosas marchan bien, que el mundo se mueve en un sentido poético, cambian las tornas y vienen las recias tormentas. Las que lo anegan todo y no permiten ver el amanecer. ¡Arremanguémonos! Ha llegado la estación de todas las lluvias; de todos los barros; de los patos que vuelan cagándonos -mientras graznan palabrotas-, de las flores que se marchitan y se pierden. Se pierden... Llega esa estación, cansada, derrotada, sin visión, sin juego, sin nada; solo niebla; nieve, a veces, y lluvia, mucha lluvia con viento, con arena mezclada, con sed, con arcilla en la tierra, con rocas que se deshacen. Amigos: estamos aquí; no podemos huir ni abandonar: ¿qué hacemos? Uno se adelanta y dice: propongo que comencemos a construir un refugio. Otro interrumpe: ¿refugio? ¿bajo la lluvia? Y uno más: ¿con las maderas que se pudren? No, ni loco. El primero arremete: sí, un refugio con las maderas y bajo la lluvia. También podemos usar las telas impermeables y los aceros que tenemos guardados: propongo que construyamos un lugar confortable; que tenga ventanas por las que podamos ver el mar; un lugar para crear, para conversar, para asar salchichas en su interior -si nos apetece-, para tocarnos, sentirnos, un lugar... uy, uy, uy, para -dice uno que estuvo callado todo este rato-, convengo contigo en la necesidad del lugar; solo que es un sitio urgente, y a eso debemos entregarnos: a la urgencia. No es tiempo de construir catedrales.

Este último que ha hablado tiene fuerza en la voz y un porte serio. Parece ser el líder. Todos -los que hablaron y los que callaron- se miran y asienten. Alguien dice en voz alta: comencemos la construcción.

¡Cómo hemos trabajado amigos! Entre cagadas de patos, maderas putrefactas, flores secas, barro y agua; agua chorreante, que nos empapaba por completo. Más de uno enfermó en esos días. Nos turnamos para cuidar de los enfermos, de los sanos, de los que a medio camino quedaban de la salud y la enfermedad. Construimos, construimos sin parar, casi sin cantar, concentrados en nuestro destino o en lo que creíamos era nuestro destino. Hicimos, deshicimos, rehicimos. Hasta que finalmente el refugio quedó terminado y todos nos metimos dentro.

Hicimos un banquete para celebrarlo. ¡Amigos: qué placer! ¡Qué alegría tan profunda! Qué nuevo convite de esperanza y sueño. El refugio tuvo sus ventanas al mar; por ellas mirábamos la fuerza de lo que no entendemos: cómo caían los rayos, cómo quebraban las olas, cómo se movía la tierra entera, con peces y árboles. Mirábamos y comíamos frutas, asábamos salchichas, leíamos -algunos nos encontrábamos por rincones escondidos para tocarnos largamente-. Y así fueron pasando los días...

Un día salió el sol... (y yo tenía un corazón en la mano).


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domingo, 2 de marzo de 2014

El primero de la mañana

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Los compañeros, así,
tocaban temas y temas.
Así los tocaban:
las religiones antiguas
se deshacían sobre el villar,
traspasaban el tapete;
un líquido que goteaba.
Era el Espíritu -no el alma-
quien hablaba:
los guiaba
por caminos de sueño
hacia una de la moradas.


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