.
Me sitúo en materia: es una tarde otoñal, estoy en uno de los espacios artúricos (la biblioteca de mi barrio) y escribo para comenzar a volar.
Desde la ventana veo la calle bulliciosa. Pasa un rato antes de poder instalarme en el sueño. Despacio comienza a emerger otra imagen... tengo que darle su tiempo para que cante su arte... La imagen crece, se superpone a la de la calle... Ahora sí: ya están juntas.
La calle bulliciosa y la pradera solitaria. Desde ésta, mi ventana, veo una inmensa pradera solitaria, que se pierde en un cielo infinito color rosa que atardece.
La luz va desapareciendo, desde mi ventana anhelo el exterior... Estoy esperando... y la espera es nostálgica. En realidad no soy yo quien espera, es un otro, una otra quizás...
La ventana del otro es pequeña, apenas asoma sobre el muro de piedra. Alguien, un anciano postrado ante un fuego, le pide al otro que cierre la ventana. El anciano tiene barbas largas y blancas y el resplandor rojizo del fuego le ilumina la cara. Ahora miro desde el calor de la chimenea. Veo bien al hombre viejo, aunque la habitación (a pesar del fuego) es oscura y no me permite visualizar al otro, sé que la ventana está cerrada e intuyo que el otro es doncella. Se acerca al anciano y se sienta junto a él en un escabel frente al fuego. La veo, muchacha carita de luna llena, ojos soñadores que esperan. Silencio. Crepitar de llamas. La muchacha se mueve, se levanta, alimenta el fuego. Coge su bordado. Vuelve al escabel.
El anciano se inclina sobre el hogar. Su mirada es profunda, amable. Estira una mano y toca el fuego. Lo acaricia. La doncella ha dejado de bordar y observa. El hombre coge una llama y sonriendo, muestra a la muchachita, su mano cóncava con un fueguito diminuto.
- “¿Esto es magia, abuelo?”
- "Linn... todo es magia, todo es sueño".
La llama en la mano coge forma de hombrecillo. Trepa por el dedo corazón del viejo y le muerde la yema.
El hombre se carcajea y vuelve a depositar al pequeño ser en el corro flamígeo donde juegan sus hermanos.
- “Como ves –dice el hombre- el fuego es un alma formada por muchas almas. Como nosotros, como todo lo que nos rodea”.
- “No entiendo la idea de estar formada por muchas almas”.
- “ Tu alma es única, querida, aunque ha recibido la fuerza de muchas otras: de todos los hombres que vivieron aquí, en estas tierras, de todos los seres de este mundo y de las estrellas, de las diversas generaciones de nuestra familia, de la mezcla de cuentos y leyendas: somos uno y muchos.
- “ Abuelo ¿y el fuego de mi corazón, de qué está formado?”.
- “ Está formado por llamas caballos salvajes. Rojos caballos impacientes, hermosos, que quieren saltar todas las vallas y correr hasta el infinito”.
- “ ¿Y eso es amor, abuelo?”.
- “ Eso es comienzo de amor. Es pasión. Es sangre joven corriendo desbocada al encuentro de la vida”.
- “ Sí, a veces me siento como un caballo... Y con gusto me iría lejos. Este lugar se me hace pequeño. Me siento raptada por una magia que me duele en el pecho. Y este dolor me impacienta, me hace llorar... También me asusta pensar que el que tiene el alivio para mi mal no llegue a sanarme. Esperar me cansa y me entristece... ¿Qué magia puedes darme para esta enfermedad?
El anciano, entonces, señala la puerta de la habitación.
- “ Linn, abre esa puerta”.
La muchacha abre la puerta y un asombro sin límites comienza a ganarle el cuerpo.
De pie, sola y en medio de una habitación desconocida, ve a la mujer más hermosa. El rostro de la extraña revela una tristeza insondable. La mujer parece percibir algo, recorre la habitación con la mirada para terminar posándola en los ojos de Linn.
La imagen duró unos instantes, luego se disolvió y la muchacha volvió a ver –con sus ojos cotidianos- la misma escalera de siempre, a través de la cual se llegaba a la habitación de su abuelo. El entendimiento de Linn comenzaba a descifrar un lenguaje distinto: algo grande acababa de impactar en su alma.
- “ Es la reina Ginebra –dijo el abuelo-. Está en el castillo del señor de la Muerte, esperando ser rescatada”.
- “ ¿Desde cuando está ahí?”
- “ Desde siempre... Y aunque sea rescatada (que lo será) siempre permanecerá en ese sitio. En alguna parte de este sueño, Ginebra, siempre estará esperando y agonizando la espera”.
- “ No entiendo abuelo, no entiendo”.
- “ Claro que entiendes –dice el hombre sonriendo mientras acaricia la cabeza de su nieta-, solo que aún no lo sabes. Y para que sigas entendiendo(y tu corazón salvaje deje de correr tanto en tu pecho), te contaré cómo, el osado y maravilloso Lanzarote, se enfrascó en una increíble aventura para rescatar a Ginebra, su dama, su amiga, su diosa, su reina...
Tres dimensiones se tocan al calor de la voz del anciano; en una de ellas está el hombre contando la leyenda, en otra está la reina Ginebra escuchando un murmullo lejano, casi imperceptible, en la tercera estoy yo, escribiendo.
Mientras el anciano cuenta puede ver todos los mundos, me guiña un ojo y sonríe, reverente, a su señora Ginebra.
Vuelvo a mirar por la ventana. Bullicio callejero, noche ya.
Se ha cerrado mi otra ventana y estoy en la biblioteca, espacio artúrico de mi materia.Escribo en otoño, en Barcelona, ciutat condal, en medio del Universo.
.
Mostrando entradas con la etiqueta artúrica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artúrica. Mostrar todas las entradas
viernes, 8 de enero de 2010
viernes, 18 de diciembre de 2009
Héroes
No hay lugar posible afuera. El lugar está en mí, descansa en mi interior.
Broceliande hoy está siniestra, toda cubierta de espinas lúgubres, de alimañas feroces.
En medio de la floresta, Lanzarote combate contra un gigante de humo y sombra. El combate es feroz y dura horas, probablemente años.
No ruedan cabezas, nadie sangra. El gigante surge de un fango antiguo, profundo y tiene fuerza.
El héroe está cansado aunque sigue luchando. Un único rayo de Ginebra (mujer-sol) le alimenta su fuerza de luna. Es suficiente: Lanzarote está dispuesto a llegar al fondo del fango oscuro y pegajoso, está dispuesto a ensuciarse y a cortar de un solo tajo la cabeza de su contrincante. La lucha continúa y no hay tregua...
Van pasando los días, salen los soles, las tormentas, las lunas... Los combatientes a veces descansan, casi duermen, se observan de lejos en las pocas treguas. Se estudian con cuidado aunque saben que uno de los dos debe desaparecer. Esta última sabiduría impregna el combate de un sentimiento de nostalgia y de recuento de vida.
Es un momento muy hermoso, un momento de tensión, un momento doloroso.
Ha llegado una noche de tantas. Una particular noche oscura. El monstruo gigantesco es oscuro y en la oscuridad se mueve mejor. Lanzarote lo sabe y vigila.
No se ve nada en derredor, se intuyen árboles, humedad, pastos y miedo. El monstruo acecha manso, se sonríe sereno.
Lanzarote aguza los sentidos: ruido de pasos, leves, muy leves. El hombre echa mano a su espada con una exacta lentitud felina. En la oscuridad, sus pupilas se dilatan. Está a punto de saltar sobre el intruso, cuando un hálito cálido le acaricia la cara: ante él, toda blanca, toda bella, de pié, una doncella. Un asombro templado se instala en el cuerpo de nuestro héroe que sigue empuñando su espada, tenso, esperando. ¿Qué hace una dama impoluta en medio de un lugar tan negro y embarrado? ¿A qué clase de bando pertenece? ¿Desde dónde viene, desde qué lugar del miedo, desde qué lugar del amor?
La muchacha no habla, comienza a andar y Lanzarote la sigue. La muchacha camina hacia el monstruo que está despierto y lo observa todo.
Ante el gigante acostado están la doncella y Lanzarote. El gigante abre la boca y por ella entran caminando de la mano, la muchacha y el hombre.
El interior del monstruo es negro, denso, cargado. Se escuchan voces lejanas, nombres de miedo, vuelan vampiros y fantasmas del pasado. Lanzarote se ahoga. Detienen la marcha a menudo, porque al héroe le cuesta respirar. Nadie quiere estar aquí. El lugar hace daño, es ácido y quema la piel. Nadie puede irse ahora de aquí. Es tarde para esto, muy tarde y no hay vuelta atrás. La muchacha camina delante, y Lanzarote la sigue llorando, porque tiene miedo, porque no entiende, porque está perdido, porque no sabe.
Lugar intestinal. Cloaca del alma, resbaladiza y pútrida. Lanzarote es una única masa de excrementos. Viéndole es difícil imaginar la belleza del héroe. Su espada está carcomida y oxidada.
La doncella en cambio sigue blanca, inmaculada. Más que verla, Lanzarote la intuye por algún destello luminoso, ya que sus pobres ojos están fatigados y apenas pueden abrirse una rendija, debido a las lagañas de detritus que pegotean sus párpados.
La muchacha se detiene y le muestra a Lanzarote un finísimo cordón de luz blanca y le indica -al despojo de héroe-, que tire de él.
Apenas puede nuestro héroe con un hilito tan débil: se le escapa de las manos, se le resbala entre ese limo pestilente. Ignoramos cuánto tiempo ha pasado desde que muchacha y héroe entraran por la boca de la bestia para recorrer sus entrañas. Lo que sí sabemos es que a nuestro héroe le cuesta mucha desesperación e impaciencia poder coger ese hilito perdido en el vientre de un ser enorme postrado en el suelo de una floresta. Finalmente la muchacha se apiada y colocando su manita por debajo de la del héroe coge el hilo y los dos tiran...
Rugen máquinas absurdas, caen ramas, árboles podridos, saltan raíces, vuelan maderas y pájaros muertos, cocodrilos, dragones, dinosaurios y ballenas. Saltan chorros de tempestades negras, caen barcos y peces y sopla un viento cargado de nubes negras, todo eso sale pegado al hilo de luz y salen más y más cosas imposibles y turbias, extrañas y grotescas, hasta que comienza a surgir la belleza, toda bañada de luz, de música, de ofrendas a la naturaleza... Lanzarote es despedido lejos, muy lejos, en una única bocanada chorreante lumínica y liberadora.
Es de día en Broceliande.
Los árboles están verdes y los pájaros cantan. Lanzarote abre los ojos y vuelve del sueño. Algo consternado se pone de pie y palpa su cuerpo: está entero, limpio, reluciente... aunque en las manos le queda un sutil rastro, mezcla de excrementos y barro, un recuerdo de la aventura vivida.
Lanzarote se desnuda, saluda a la vida, se sumerge en el río, se baña y canta... Descansa sobre la hierba y recibe agradecido los rayos de sol que le calientan el cuerpo y el alma. Se viste, coge su espada reluciente, sube a su caballo y abandona la floresta.
Del gigante queda su belleza: el bosque de Broceliande transformado en alegría.
.
Broceliande hoy está siniestra, toda cubierta de espinas lúgubres, de alimañas feroces.
En medio de la floresta, Lanzarote combate contra un gigante de humo y sombra. El combate es feroz y dura horas, probablemente años.
No ruedan cabezas, nadie sangra. El gigante surge de un fango antiguo, profundo y tiene fuerza.
El héroe está cansado aunque sigue luchando. Un único rayo de Ginebra (mujer-sol) le alimenta su fuerza de luna. Es suficiente: Lanzarote está dispuesto a llegar al fondo del fango oscuro y pegajoso, está dispuesto a ensuciarse y a cortar de un solo tajo la cabeza de su contrincante. La lucha continúa y no hay tregua...
Van pasando los días, salen los soles, las tormentas, las lunas... Los combatientes a veces descansan, casi duermen, se observan de lejos en las pocas treguas. Se estudian con cuidado aunque saben que uno de los dos debe desaparecer. Esta última sabiduría impregna el combate de un sentimiento de nostalgia y de recuento de vida.
Es un momento muy hermoso, un momento de tensión, un momento doloroso.
Ha llegado una noche de tantas. Una particular noche oscura. El monstruo gigantesco es oscuro y en la oscuridad se mueve mejor. Lanzarote lo sabe y vigila.
No se ve nada en derredor, se intuyen árboles, humedad, pastos y miedo. El monstruo acecha manso, se sonríe sereno.
Lanzarote aguza los sentidos: ruido de pasos, leves, muy leves. El hombre echa mano a su espada con una exacta lentitud felina. En la oscuridad, sus pupilas se dilatan. Está a punto de saltar sobre el intruso, cuando un hálito cálido le acaricia la cara: ante él, toda blanca, toda bella, de pié, una doncella. Un asombro templado se instala en el cuerpo de nuestro héroe que sigue empuñando su espada, tenso, esperando. ¿Qué hace una dama impoluta en medio de un lugar tan negro y embarrado? ¿A qué clase de bando pertenece? ¿Desde dónde viene, desde qué lugar del miedo, desde qué lugar del amor?
La muchacha no habla, comienza a andar y Lanzarote la sigue. La muchacha camina hacia el monstruo que está despierto y lo observa todo.
Ante el gigante acostado están la doncella y Lanzarote. El gigante abre la boca y por ella entran caminando de la mano, la muchacha y el hombre.
El interior del monstruo es negro, denso, cargado. Se escuchan voces lejanas, nombres de miedo, vuelan vampiros y fantasmas del pasado. Lanzarote se ahoga. Detienen la marcha a menudo, porque al héroe le cuesta respirar. Nadie quiere estar aquí. El lugar hace daño, es ácido y quema la piel. Nadie puede irse ahora de aquí. Es tarde para esto, muy tarde y no hay vuelta atrás. La muchacha camina delante, y Lanzarote la sigue llorando, porque tiene miedo, porque no entiende, porque está perdido, porque no sabe.
Lugar intestinal. Cloaca del alma, resbaladiza y pútrida. Lanzarote es una única masa de excrementos. Viéndole es difícil imaginar la belleza del héroe. Su espada está carcomida y oxidada.
La doncella en cambio sigue blanca, inmaculada. Más que verla, Lanzarote la intuye por algún destello luminoso, ya que sus pobres ojos están fatigados y apenas pueden abrirse una rendija, debido a las lagañas de detritus que pegotean sus párpados.
La muchacha se detiene y le muestra a Lanzarote un finísimo cordón de luz blanca y le indica -al despojo de héroe-, que tire de él.
Apenas puede nuestro héroe con un hilito tan débil: se le escapa de las manos, se le resbala entre ese limo pestilente. Ignoramos cuánto tiempo ha pasado desde que muchacha y héroe entraran por la boca de la bestia para recorrer sus entrañas. Lo que sí sabemos es que a nuestro héroe le cuesta mucha desesperación e impaciencia poder coger ese hilito perdido en el vientre de un ser enorme postrado en el suelo de una floresta. Finalmente la muchacha se apiada y colocando su manita por debajo de la del héroe coge el hilo y los dos tiran...
Rugen máquinas absurdas, caen ramas, árboles podridos, saltan raíces, vuelan maderas y pájaros muertos, cocodrilos, dragones, dinosaurios y ballenas. Saltan chorros de tempestades negras, caen barcos y peces y sopla un viento cargado de nubes negras, todo eso sale pegado al hilo de luz y salen más y más cosas imposibles y turbias, extrañas y grotescas, hasta que comienza a surgir la belleza, toda bañada de luz, de música, de ofrendas a la naturaleza... Lanzarote es despedido lejos, muy lejos, en una única bocanada chorreante lumínica y liberadora.
Es de día en Broceliande.
Los árboles están verdes y los pájaros cantan. Lanzarote abre los ojos y vuelve del sueño. Algo consternado se pone de pie y palpa su cuerpo: está entero, limpio, reluciente... aunque en las manos le queda un sutil rastro, mezcla de excrementos y barro, un recuerdo de la aventura vivida.
Lanzarote se desnuda, saluda a la vida, se sumerge en el río, se baña y canta... Descansa sobre la hierba y recibe agradecido los rayos de sol que le calientan el cuerpo y el alma. Se viste, coge su espada reluciente, sube a su caballo y abandona la floresta.
Del gigante queda su belleza: el bosque de Broceliande transformado en alegría.
.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Arturo
Estoy poblada de jardines interiores. Algunos son abiertos al mundo, otros son secretos y otros más secretos y escondidos. Algunos de estos jardines son bosques bien definidos y diferenciados: está el jardín-bosque oscuro, denso y poblado de misterio nocturno y aterrador; también está el jardín bosque conífera, encantador y mágico, el bosque invernal, el de verano, el primaveral, el otoñal, el bosque de la ondina, el de Alaska, el guaraní, el jardín-bosque oculto entre las piedras de una casa, poblado de rosas y con fuente clara, el bosque con castillo en ruinas...
Arturo vive en uno de estos bosques. Habita uno de mis jardines más antiguos y más querido: un jardín creado en mis horas de la infancia. Arturo fue un amor de mi niñez. Un rey que me guiaba. Su bosque encantado era el lugar donde me refugiaba en mis tardes de invierno, cuando la luz y la lluvia invitan a que nos arropemos en los brazos de los cuentos y leyendas. Y en mis días de verano, porque Arturo y su mundo, ocupaban todas mis estaciones mentales y la mayoría de los espacios de mi cotidiano.
Arturo era mi mundo y yo era ese mundo.
Supe ser una dama maravillosa de su corte, la más hermosa y sabia y una guerrera de su mesa redonda y un hada y una maga y una sirvienta que se convertía en princesa. Aunque lo que más amaba era la aventura de la espada. Me gustaba el combate y ser mujer combatiente y poderosa. Arturo para mí es espada y rosa, es poesía y canto, cuento y torneo, castillo con banderas y tapices, fuego nocturno en la estufa, damas bien vestidas, bellísimas, misteriosas y hombres hermosos y dignos y un bosque grande, muy grande, tupido, poblado de verde y río, arroyo y fuente, hada, duende y bruja, mi casa de madera construida en un rincón oculto y mágico y el encuentro casi a diario con Merlín, siempre presente.
.
Arturo vive en uno de estos bosques. Habita uno de mis jardines más antiguos y más querido: un jardín creado en mis horas de la infancia. Arturo fue un amor de mi niñez. Un rey que me guiaba. Su bosque encantado era el lugar donde me refugiaba en mis tardes de invierno, cuando la luz y la lluvia invitan a que nos arropemos en los brazos de los cuentos y leyendas. Y en mis días de verano, porque Arturo y su mundo, ocupaban todas mis estaciones mentales y la mayoría de los espacios de mi cotidiano.
Arturo era mi mundo y yo era ese mundo.
Supe ser una dama maravillosa de su corte, la más hermosa y sabia y una guerrera de su mesa redonda y un hada y una maga y una sirvienta que se convertía en princesa. Aunque lo que más amaba era la aventura de la espada. Me gustaba el combate y ser mujer combatiente y poderosa. Arturo para mí es espada y rosa, es poesía y canto, cuento y torneo, castillo con banderas y tapices, fuego nocturno en la estufa, damas bien vestidas, bellísimas, misteriosas y hombres hermosos y dignos y un bosque grande, muy grande, tupido, poblado de verde y río, arroyo y fuente, hada, duende y bruja, mi casa de madera construida en un rincón oculto y mágico y el encuentro casi a diario con Merlín, siempre presente.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)