lunes, 27 de julio de 2015

A veces, todo esto es mucho para mí.

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Mis amigas y yo estamos de sobremesa. Me gusta verlas, escucharlas; son tan diferentes entre sí; y yo también lo soy de todas ellas (a veces creo que hasta de mí misma). Mi abuela y mi tía escuchan sentadas en el sofá. Mi abuela teje; siempre la veo tejiendo; las gafas puestas, un poco inclinada sobre la labor, se sonríe mientras escucha las exageraciones de Carmen. Mi tía abuela podría estar leyendo, sin embargo mira embelesada la escena de la mesa - libro sobre el regazo, expresión atónita y feliz-. Hace un rato, tanto una como la otra, han estado mirando con detenimiento los cabellos rojos de Juana: no pueden creer que ese sea su color natural. Las vi calibrando sus pecas, el brillo de sus ojos, hasta que Juana instintivamente miró hacia uno y otro costado comentando que sentía una corriente de aire frío. Revoleé la mirada en dirección de mis abuelas mostrándoles el sofá y, curiosamente obedientes se sentaron a tejer y a leer, atentas a las risas y conversaciones de todas nosotras. Se sienten felices: les encantan las fiestas, comidas, y cenas, formales, informales, bulliiciosas en todo caso.

Silvia, después de la quinta copa de vino comenzó a contarnos sus problemas de pareja. A ratos, Manuela le pedía detalles morbosos. Mi abuela ya no levantaba la vista de su tejido; pero mi tía abría los ojos como platos y no se perdía nada de toda la información. A mí me turbaban un poco, tanto los lugares escabrosos de la relación de mi amiga, como la intensa atención de mis dos abuelas. Bueno, después de todo las siete somos mujeres -me digo, mientras me sirvo la séptima copa de tinto-.

Total, ese día nos empedamos las cinco y tuvimos que dormir una siesta. Cuando nos despertamos, sobre las nueve de la noche, nos servimos la cena, nos acabamos dos botellas de vino, nos duchamos, nos vestimos esmeradamente y nos fuimos de juerga.



Volví a las once de la mañana. Mi abuela me esperaba con cara de pocos amigos. Como yo estaba muy cansada (y todavía bajo los efectos de drogas blandas) la mandé a cagar y me acosté a dormir. La muy jodida me atosigó en sueños: me dió un sermón asqueroso, no me dejó en paz. Me desperté dos horas después, con una resaca amarilla y muchas ganas de café. Me preparé una cafetera, la bebí y me estiré en el sofá. Entonces me dí cuenta de que estaba sola. Increíble. No podía creerlo. Me sentí relajada, contenta. Tan contenta que decidí poner una peli en el vídeo. Elegí “Orgullo y prejuicio”; me preparé unas palomitas de maíz y miré toda la película sintiéndome el ser más feliz y agradecido del mundo.

Esa noche no volvieron. Mi abuelo pasó a verme un rato; pero sus visitas son tranquilas, breves. Se fue al anochecer. Me dí una ducha, me preparé para irme a cenar con Paul y sus amigos y súbitamente me sentí cansada, extraña. Me quedé mirando mi casa, vieja, hermosa, solitaria, perdida en un jardín enorme, y decidí que me quedaba. Me quité la ropa de calle, cogí los lápices. Comencé a dibujar y a escribir.

Mi abuela, a mi lado, siempre tejiendo, me dijo:
-Esa historia es muy bonita.
-¿La que acabo de escribir?
-Bueno, me refiero a “Orgullo y prejuicio”.
-¿Entonces estabas aquí?
-No. Casi, no. Pero al principio, un poco, sí. Después me fui.
-¿Estabas enojada conmigo?
-Un poco... No me gusta que te drogues.
-Abuela, lo hago una vez cada mil siglos... y tengo treinta y cinco años.
-Por eso mismo me gustaría que te cuidaras. La vida es larga y hay que prepararse para los acontecimientos trascendentes: el amor, la maternidad, la vejez, la muerte...
-No sé qué decirte... A veces, todo esto es mucho para mí.
-Lo entiendo -me lo dijo con una dulzura infinita (o eterna)-, por eso nos fuimos: necesitas estar mucho más rato sola.
-¿Y la tía? ¿Dónde está?
-Buscando un nuevo libro.



Me quedé tranquila, dibujando y escribiendo hasta tarde. La abuela estuvo un rato tejiendo a mi lado, después se fue.

A la madrugada salí a dar un paseo por el jardín. Una noche maravillosa, estrellada. Verano en la ciudad; y a estas horas, en este barrio de grandes casas viejas y ajardinadas, el silencio se condensa. Caminé entre las hortensias y las enredaderas. Debajo de una farola, sentada en un banco, mi tía leía y fumaba. Nunca perdió la costumbre de fumar. Me gustó verla. Me senté a su lado.

-¿Qué lees? -le pregunté.
-Heráclito -me dijo sin dejar de leer.
¡Cuánto tiempo sin Heráclito! -pensé.

Me perdí un rato mirando el cielo mientras ella leía y fumaba su inacabable cigarro. Pasamos así mucho rato. Le pregunté:

-¿Tú conoces a Heráclito?
-Claro, lo leo. Me gusta.
-Pero, ¿lo conoces en persona?

Dejó de leer, me miró divertida, sonrió.

-¡Qué pregunta más curiosa! -dijo y lanzó una carcajada.

Y los perros del barrio se despertaron y ladraron todos juntos, durante mucho rato.


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